
Estoy sola, encerrada en un cuarto oscuro mientras ellos, afuera, entonan himnos que dudo que sus consciencias comprendan, pero que aparentemente son la expresión de su dicha y regocijo. Salgo un par de segundos a observarlos y entre sombras me topo con uno de ellos que me desconoce y me observa con esa sonrisa del que pide con clemencia no ser atacado... o contagiado. Es obvio que está conmigo, es evidente que está en mí. Este fantasma que se adueña de mi cuerpo y mi estado de ánimo los domingos y que me acompaña esta calurosa noche en la que afuera cantan de felicidad, mientras nada parece llegarle a este corazón que ahora se siente ahogado en un mar de piedras.
Pero hay una luz muy en el fondo del alma, una pequeña pero inextinguible chispa que mañana, o pasado… o uno de estos días no muy lejanos, arderá dentro de mí, ahuyentando las fuerzas que hoy de este débil cuerpo se apoderan.
Por fortuna, la llama me quema de lunes a sábado. La siempre victoriosa alegría.
P.D.: Hoy la llama la encendió el recuerdo de lo que no hemos vivido juntos, las ganas que tenemos por los días que pronto llegarán.
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